Discurso Ángeles González-Sinde en la Gala Premios Goya
Fuente ABC.es a través de http://l3utterfish.blogspot.com/2009/04/frases-gloriosas-de-angeles-gonzalez.html
«Tenemos que seguir peleando para que las descargas ilegales no nos hagan desaparecer, para que nuestros administradores comprendan que en el negocio de la Red no pueden ganar sólo las operadoras de ADSL, mientras quienes proporcionamos los contenidos, perdemos».
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¡Que viejo soy! Recuerdo que se decía algo similar en los últimos años de la década de 1990 allá cuando se discutía la LSSI, se peleaba por la tarifa plana y contra las llamadas fallidas a Internet, y cuando la entrada a la red no se hacía a través de un buscador o una página personalizada si no de una cosa que se llamaban portales, donde se recogía lo que se suponía que interesaba más. Ya entonces era mentira, y eso que quienes aportábamos contenidos a la red éramos cuatro gatos.
En aquellos tiempos las empresas que daban acceso a Internet (en la práctica sólo Telefónica), y las que pretendían controlarlo por medio de leyes diferenciadas para Internet, querían creer que si la red existía era gracias a ellas, por que ellas eran las que daban valor añadido a la red, sin darse cuenta que si la gente se conecta a Internet no es para ver «sus productos» si no para comunicarse. Los que damos valor a la red somos sus usuarios, y sin lo que nosotros aportamos la red no es nada. ¿Qué son, si no, las redes sociales como Facebook? ¿O la inmensa red social que es, a la postre, Internet?
Al final ganamos la batalla, y logramos convencer a todos (o a casi todos, por lo visto) de algo que hoy es un lugar común pero en aquella época no lo era: que la red no es diferente de la sociedad, que no existe un mundo virtual y un mundo real, que las leyes que rigen la red no pueden ser diferentes de las que rigen las actividades habituales de la sociedad, que sólo había que dar valor jurídico a los «documentos» generados electrónicamente.
Esto es lo que los analfabetos digitales aún no entienden (la Sinde, Molina, la SGAE y demás). Habrá, claro que los hay, delincuentes que pretenden lucrarse con la obra de otro. Pero eso no es una característica de Internet, eso es que hay chorizos en la sociedad. La mayoría de las personas son buena gente, buena gente que habla y se cuenta cosas; cosas como la música, los libros y las películas que les gusta; y habla de eso en los bares, en la calle como en la red; y en la red la forma de hacerlo es a través de documentos digitales que circulan por todas partes.
Las operadoras de Internet sólo proporcionan conexión en buenas condiciones, no contenidos, de hecho Internet funciona por que es «ciega» ante los contenidos.
Quien comparte sus gustos no pretende hacerle la puñeta al artista que le gusta, todo lo contrario, pretende que se conozca, se aprecie y que pueda vivir de su obra. Quienes proporcionamos los contenidos, ganamos.
Queridos conciudadanos:
Me presento aquí hoy humildemente consciente de la tarea que nos aguarda, agradecido por la confianza que habéis depositado en mí, conocedor de los sacrificios que hicieron nuestros antepasados. Doy gracias al presidente Bush por su servicio a nuestra nación y por la generosidad y la cooperación que ha demostrado en esta transición.
Son ya 44 los estadounidenses que han prestado juramento como presidentes. Lo han hecho durante mareas de prosperidad y en aguas pacíficas y tranquilas. Sin embargo, en ocasiones, este juramento se ha prestado en medio de nubes y tormentas. En esos momentos, Estados Unidos ha seguido adelante, no sólo gracias a la pericia o la visión de quienes ocupaban el cargo, sino porque Nosotros, el Pueblo, hemos permanecido fieles a los ideales de nuestros antepasados y a nuestros documentos fundacionales. Así ha sido. Y así debe ser con esta generación de estadounidenses.
Es bien sabido que estamos en medio de una crisis. Nuestro país está en guerra contra una red de violencia y odio de gran alcance. Nuestra economía se ha debilitado enormemente, como consecuencia de la codicia y la irresponsabilidad de algunos, pero también por nuestra incapacidad colectiva de tomar decisiones difíciles y preparar a la nación para una nueva era. Se han perdido casas; se han eliminado empleos; se han cerrado empresas. Nuestra sanidad es muy cara; nuestras escuelas tienen demasiados fallos; y cada día trae nuevas pruebas de que nuestros usos de la energía fortalecen a nuestros adversarios y ponen en peligro el planeta.
Estos son indicadores de una crisis, sujetos a datos y estadísticas. Menos fácil de medir pero no menos profunda es la destrucción de la confianza en todo nuestro territorio, un temor persistente de que el declive de Estados Unidos es inevitable y la próxima generación tiene que rebajar sus miras. Hoy os digo que los problemas que nos aguardan son reales. Son graves y son numerosos. No será fácil resolverlos, ni podrá hacerse en poco tiempo. Pero debes tener clara una cosa, América: los resolveremos.
Hoy estamos reunidos aquí porque hemos escogido la esperanza por encima del miedo, el propósito común por encima del conflicto y la discordia. Hoy venimos a proclamar el fin de las disputas mezquinas y las falsas promesas, las recriminaciones y los dogmas gastados que durante tanto tiempo han sofocado nuestra política.
Seguimos siendo una nación joven, pero, como dicen las Escrituras, ha llegado la hora de dejar a un lado las cosas infantiles. Ha llegado la hora de reafirmar nuestro espíritu de resistencia; de escoger lo mejor que tiene nuestra historia; de llevar adelante ese precioso don, esa noble idea, transmitida de generación en generación: la promesa hecha por Dios de que todos somos iguales, todos somos libres, y todos merecemos una oportunidad de buscar toda la felicidad que nos sea posible.
Al reafirmar la grandeza de nuestra nación, sabemos que esa grandeza no es nunca un regalo. Hay que ganársela. Nuestro viaje nunca ha estado hecho de atajos ni se ha conformado con lo más fácil. No ha sido nunca un camino para los pusilánimes, para los que prefieren el ocio al trabajo, o no buscan más que los placeres de la riqueza y la fama. Han sido siempre los audaces, los más activos, los constructores de cosas -algunos reconocidos, pero, en su mayoría, hombres y mujeres cuyos esfuerzos permanecen en la oscuridad- los que nos han impulsado en el largo y arduo sendero hacia la prosperidad y la libertad.
Por nosotros empaquetaron sus escasas posesiones terrenales y cruzaron océanos en busca de una nueva vida. Por nosotros trabajaron en condiciones infrahumanas y colonizaron el Oeste; soportaron el látigo y labraron la dura tierra. Por nosotros combatieron y murieron en lugares como Concord y Gettysburg, Normandía y Khe Sahn. Una y otra vez, esos hombres y mujeres lucharon y se sacrificaron y trabajaron hasta tener las manos en carne viva, para que nosotros pudiéramos tener una vida mejor. Vieron que Estados Unidos era más grande que la suma de nuestras ambiciones individuales; más grande que todas las diferencias de origen, de riqueza, de partido.
Ése es el viaje que hoy continuamos. Seguimos siendo el país más próspero y poderoso de la Tierra. Nuestros trabajadores no son menos productivos que cuando comenzó esta crisis. Nuestras mentes no son menos imaginativas, nuestros bienes y servicios no son menos necesarios que la semana pasada, el mes pasado ni el año pasado. Nuestra capacidad no ha disminuido. Pero el periodo del inmovilismo, de proteger estrechos intereses y aplazar decisiones desagradables ha terminado; a partir de hoy, debemos levantarnos, sacudirnos el polvo y empezar a trabajar para reconstruir Estados Unidos.
Porque, miremos donde miremos, hay trabajo que hacer. El estado de la economía exige actuar con audacia y rapidez, y vamos a actuar; no sólo para crear nuevos puestos de trabajo, sino para sentar nuevas bases de crecimiento. Construiremos las carreteras y los puentes, las redes eléctricas y las líneas digitales que nutren nuestro comercio y nos unen a todos. Volveremos a situar la ciencia en el lugar que le corresponde y utilizaremos las maravillas de la tecnología para elevar la calidad de la atención sanitaria y rebajar sus costes. Aprovecharemos el sol, los vientos y la tierra para hacer funcionar nuestros coches y nuestras fábricas. Y transformaremos nuestras escuelas y nuestras universidades para que respondan a las necesidades de una nueva era. Podemos hacer todo eso. Y todo lo vamos a hacer.
Ya sé que hay quienes ponen en duda la dimensión de mis ambiciones, quienes sugieren que nuestro sistema no puede soportar demasiados grandes planes. Tienen mala memoria. Porque se han olvidado de lo que ya ha hecho este país; de lo que los hombres y mujeres libres pueden lograr cuando la imaginación se une a un propósito común y la necesidad al valor.
Lo que no entienden los escépticos es que el terreno que pisan ha cambiado, que las manidas discusiones políticas que nos han consumido durante tanto tiempo ya no sirven. La pregunta que nos hacemos hoy no es si nuestro gobierno interviene demasiado o demasiado poco, sino si eso sirve de algo: si ayuda a las familias a encontrar trabajo con un sueldo decente, una sanidad que puedan pagar, una jubilación digna. En los programas en los que la respuesta sea sí, seguiremos adelante. En los que la respuesta sea no, los programas se cancelarán. Y los que manejemos el dinero público tendremos que responder de ello -gastar con prudencia, cambiar malos hábitos y hacer nuestro trabajo a la luz del día-, porque sólo entonces podremos restablecer la crucial confianza entre el pueblo y su gobierno.
Tampoco nos planteamos si el mercado es una fuerza positiva o negativa. Su capacidad de generar riqueza y extender la libertad no tiene igual, pero esta crisis nos ha recordado que, sin un ojo atento, el mercado puede descontrolarse, y que un país no puede prosperar durante mucho tiempo cuando sólo favorece a los que ya son prósperos. El éxito de nuestra economía ha dependido siempre, no sólo del tamaño de nuestro producto interior bruto, sino del alcance de nuestra prosperidad; de nuestra capacidad de ofrecer oportunidades a todas las personas, no por caridad, sino porque es la vía más firme hacia nuestro bien común.
En cuanto a nuestra defensa común, rechazamos como falso que haya que elegir entre nuestra seguridad y nuestros ideales. Nuestros Padres Fundadores, enfrentados a peligros que apenas podemos imaginar, elaboraron una carta que garantizase el imperio de la ley y los derechos humanos, una carta que se ha perfeccionado con la sangre de generaciones. Esos ideales siguen iluminando el mundo, y no vamos a renunciar a ellos por conveniencia. Por eso, a todos los demás pueblos y gobiernos que hoy nos contemplan, desde las mayores capitales hasta la pequeña aldea en la que nació mi padre, os digo: sabed que Estados Unidos es amigo de todas las naciones y todos los hombres, mujeres y niños que buscan paz y dignidad, y que estamos dispuestos a asumir de nuevo el liderazgo.
Recordemos que generaciones anteriores se enfrentaron al fascismo y el comunismo no sólo con misiles y carros de combate, sino con alianzas sólidas y convicciones duraderas. Comprendieron que nuestro poder no puede protegernos por sí solo, ni nos da derecho a hacer lo que queramos. Al contrario, sabían que nuestro poder crece mediante su uso prudente; nuestra seguridad nace de la justicia de nuestra causa, la fuerza de nuestro ejemplo y la moderación que deriva de la humildad y la contención.
Somos los guardianes de este legado. Guiados otra vez por estos principios, podemos hacer frente a esas nuevas amenazas que exigen un esfuerzo aún mayor, más cooperación y más comprensión entre naciones. Empezaremos a dejar Iraq, de manera responsable, en manos de su pueblo, y a forjar una merecida paz en Afganistán. Trabajaremos sin descanso con viejos amigos y antiguos enemigos para disminuir la amenaza nuclear y hacer retroceder el espectro del calentamiento del planeta. No pediremos perdón por nuestra forma de vida ni flaquearemos en su defensa, y a quienes pretendan conseguir sus objetivos provocando el terror y asesinando a inocentes les decimos que nuestro espíritu es más fuerte y no podéis romperlo; no duraréis más que nosotros, y os derrotaremos.
Porque sabemos que nuestra herencia multicolor es una ventaja, no una debilidad. Somos una nación de cristianos y musulmanes, judíos e hindúes, y no creyentes. Somos lo que somos por la influencia de todas las lenguas y todas las culturas de todos los rincones de la Tierra; y porque probamos el amargo sabor de la guerra civil y la segregación, y salimos de aquel oscuro capítulo más fuertes y más unidos, no tenemos más remedio que creer que los viejos odios desaparecerán algún día; que las líneas tribales pronto se disolverán; y que Estados Unidos debe desempeñar su papel y ayudar a iniciar una nueva era de paz.
Al mundo musulmán: buscamos un nuevo camino hacia adelante, basado en intereses mutuos y mutuo respeto. A esos líderes de todo el mundo que pretenden sembrar el conflicto o culpar de los males de su sociedad a Occidente: sabed que vuestro pueblo os juzgará por lo que seáis capaces de construir, no por lo que destruyáis. A quienes se aferran al poder mediante la corrupción y el engaño y acallando a los que disienten, tened claro que la historia no está de vuestra parte; pero estamos dispuestos a tender la mano si vosotros abrís el puño.
A los habitantes de los países pobres: nos comprometemos a trabajar a vuestro lado para conseguir que vuestras granjas florezcan y que fluyan aguas potables; para dar de comer a los cuerpos desnutridos y saciar las mentes sedientas. Y a esas naciones que, como la nuestra, disfrutan de una relativa riqueza, les decimos que no podemos seguir mostrando indiferencia ante el sufrimiento que existe más allá de nuestras fronteras, ni podemos consumir los recursos mundiales sin tener en cuenta las consecuencias. Porque el mundo ha cambiado, y nosotros debemos cambiar con él.
Mientras reflexionamos sobre el camino que nos espera, recordamos con humilde gratitud a esos valerosos estadounidenses que en este mismo instante patrullan desiertos lejanos y montañas remotas. Tienen cosas que decirnos, del mismo modo que los héroes caídos que yacen en Arlington nos susurran a través del tiempo. Les rendimos homenaje no sólo porque son guardianes de nuestra libertad, sino porque encarnan el espíritu de servicio, la voluntad de encontrar sentido en algo más grande que ellos mismos. Y sin embargo, en este momento -un momento que definirá a una generación-, ese espíritu es precisamente el que debe llenarnos a todos.
Porque, con todo lo que el gobierno puede y debe hacer, a la hora de la verdad, la fe y el empeño del pueblo norteamericano son el fundamento supremo sobre el que se apoya esta nación. La bondad de dar cobijo a un extraño cuando se rompen los diques, la generosidad de los trabajadores que prefieren reducir sus horas antes que ver cómo pierde su empleo un amigo: eso es lo que nos ayuda a sobrellevar los tiempos más difíciles. Es el valor del bombero que sube corriendo por una escalera llena de humo, pero también la voluntad de un padre de cuidar de su hijo; eso es lo que, al final, decide nuestro destino.
Nuestros retos pueden ser nuevos. Los instrumentos con los que los afrontamos pueden ser nuevos. Pero los valores de los que depende nuestro éxito -el esfuerzo y la honradez, el valor y el juego limpio, la tolerancia y la curiosidad, la lealtad y el patriotismo- son algo viejo. Son cosas reales. Han sido el callado motor de nuestro progreso a lo largo de la historia. Por eso, lo que se necesita es volver a estas verdades. Lo que se nos exige ahora es una nueva era de responsabilidad, un reconocimiento, por parte de cada estadounidense, de que tenemos obligaciones con nosotros mismos, nuestro país y el mundo; unas obligaciones que no aceptamos a regañadientes sino que asumimos de buen grado, con la firme convicción de que no existe nada tan satisfactorio para el espíritu, que defina tan bien nuestro carácter, como la entrega total a una tarea difícil.
Éste es el precio y la promesa de la ciudadanía.
Ésta es la fuente de nuestra confianza; la seguridad de que Dios nos pide que dejemos huella en un destino incierto.
Éste es el significado de nuestra libertad y nuestro credo, por lo que hombres, mujeres y niños de todas las razas y todas las creencias pueden unirse en celebración en este grandioso bazar y por lo que un hombre a cuyo padre, no hace ni 60 años, quizá no le habrían atendido en un restaurante local, puede estar ahora aquí, ante vosotros, y prestar el juramento más sagrado.
Marquemos, pues, este día con el recuerdo de quiénes somos y cuánto camino hemos recorrido. En el año del nacimiento de Estados Unidos, en el mes más frío, un pequeño grupo de patriotas se encontraba apiñado en torno a unas cuantas hogueras mortecinas a orillas de un río helado. La capital estaba abandonada. El enemigo avanzaba. La nieve estaba manchada de sangre. En un momento en el que el resultado de nuestra revolución era completamente incierto, el padre de nuestra nación ordenó que leyeran estas palabras:
«Que se cuente al mundo futuro... que en el más profundo invierno, cuando no podía sobrevivir nada más que la esperanza y la virtud... la ciudad y el campo, alarmados ante el peligro común, se apresuraron a hacerle frente».
América. Ante nuestros peligros comunes, en este invierno de nuestras dificultades, recordemos estas palabras eternas. Con esperanza y virtud, afrontemos una vez más las corrientes heladas y soportemos las tormentas que puedan venir. Que los hijos de nuestros hijos puedan decir que, cuando se nos puso a prueba, nos negamos a permitir que se interrumpiera este viaje, no nos dimos la vuelta ni flaqueamos; y que, con la mirada puesta en el horizonte y la gracia de Dios con nosotros, seguimos llevando hacia adelante el gran don de la libertad y lo entregamos a salvo a las generaciones futuras.
Gracias, que Dios os bendiga, que Dios bendiga a América.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia para El País
Análisis
Todo el discurso de Obama, en el día de su investidura como presidente de Estados Unidos de América, gira en torno a una sola idea: vivimos tiempos difíciles pero nos enfrentaremos a ellos con éxito, como con éxito se enfrentaron a sus problemas nuestros antepasados, y lo haremos reafirmando nuestro principios. Párrafo tras párrafo se refuerza esta idea una y otra vez, dirigiéndose a diferentes colectivos pero siempre con la misma idea y la misma estructura: este es el problema pero lo resolveremos como lo resolvieron nuestros antepasados.
La idea se expone de manera simple en el primer párrafo: «Me presento aquí [...] consciente de la tarea que nos aguarda, agradecido por la confianza [...], conocedor de los sacrificios que hicieron nuestros antepasados». Y da las gracias al presidente saliente por los servicios prestados.
A continuación comienza recordando que aunque la mayoría de los presidentes han tenido mandatos tranquilos también los ha habido con mandatos difíciles, pero siempre se ha salido adelante: «permanecido fieles a los ideales de nuestros antepasados y a nuestros documentos fundacionales. Así ha sido. Y así debe ser [...]». Curiosamente él no se pone del lado de los presidentes, si no del pueblo: «Nosotros, el Pueblo». en un sólo párrafo recuerda los tiempos difíciles del pasado, y que se ha salido adelante.
El siguiente párrafo nos sitúa en el día de hoy: «estamos en medio de una crisis», y además «en guerra contra una red de violencia y odio», y señala a los culpables «la codicia y la irresponsabilidad de algunos», y «nuestra incapacidad colectiva de tomar decisiones difíciles», que ha provocado grandes males: pérdida casas, empleos, se han cerrado empresas, sanidad cara, escuelas malas, usos de la energía ineficientes.
Pero peor que todo eso es: «la destrucción de la confianza», y es cuando insufla esperanza: «No será fácil resolverlos, ni podrá hacerse en poco tiempo. Pero [...] los resolveremos». «Hemos escogido la esperanza por encima del miedo». «Ha llegado la hora de reafirmar nuestro espíritu de resistencia». Pero todo esto hay que ganárselo. «Nuestro viaje nunca ha estado hecho de atajos ni se ha conformado con lo más fácil». Y apela a la heroicidad de los antepasados: «Por nosotros empaquetaron sus escasas posesiones terrenales y cruzaron océanos, [...] trabajaron en condiciones infrahumanas y colonizaron el Oeste; soportaron el látigo y labraron la dura tierra, [...]combatieron y murieron en» guerras. Y todo «para que nosotros pudiéramos tener una vida mejor», por que «vieron que Estados Unidos era más grande que la suma de nuestras ambiciones individuales». Ese es su legado y ese «es el viaje que hoy continuamos». Y recuerda que hoy siguen siendo un gran país, ni son menos que cuando comenzó la crisis, pero hay que ponerse a trabajar: «el periodo del inmovilismo, de proteger estrechos intereses y aplazar decisiones desagradables ha terminado; a partir de hoy, debemos levantarnos, sacudirnos el polvo y empezar a trabajar». Da una serie de ejemplos en donde hay que ponerse a trabajar, y donde el Estado debe promover el impulso, por que «la pregunta que nos hacemos hoy no es si nuestro gobierno interviene demasiado o demasiado poco, sino si eso sirve de algo». Esta es, sin duda una de la frases más brillantes del discurso, y una de las ideas de más alcance.
Entramos en la parte programática del discurso.
Obama aboga por vigilar los mercados: «sin un ojo atento, el mercado puede descontrolarse», y reafirma las virtudes del libre mercado, porque la prosperidad depende «de nuestra capacidad de ofrecer oportunidades a todas las personas».
«En cuanto a nuestra defensa común, rechazamos como falso que haya que elegir entre nuestra seguridad y nuestros ideales». Una frase simple que marca todo un nuevo estilo, radicalmente opuesto a la política estadounidense que se había llevado hasta entonces. Es, sin duda, la otra gran frase del discurso. Unos ideales que no son sólo para los estadounidenses, si no para todo el mundo: «Esos ideales siguen iluminando el mundo, y no vamos a renunciar a ellos por conveniencia». Al igual que en otras partes del discurso se apela a que ya lo hicieron los antepasados: «generaciones anteriores se enfrentaron al fascismo y el comunismo no sólo con misiles y carros de combate, sino con alianzas sólidas y convicciones duraderas».
Se hace referencia a los conflictos internacionales: Iraq, Afganistán, «disminuir la amenaza nuclear y hacer retroceder el espectro del calentamiento del planeta». Y a los terroristas les recuerda que: «No pediremos perdón por nuestra forma de vida ni flaquearemos en su defensa». Curiosamente no hace referencia la conflicto entre Palestina e Israel.
También hace una apelación directa al mundo musulmán: «buscamos un nuevo camino hacia adelante, basado en intereses mutuos y mutuo respeto» y les advierte «sabed que vuestro pueblo os juzgará por lo que seáis capaces de construir, no por lo que destruyáis». Y en el mismo párrafo a todos los dictadores: «estamos dispuestos a tender la mano si vosotros abrís el puño».
Se apela a «los habitantes de los países pobres», a los que promete ayuda, y a los otros países desarrollados para que apoyen en esa labor a Estados Unidos, y les recuerda que «el mundo ha cambiado, y nosotros debemos cambiar con él».
Recuerda a los soldados estadounidenses que luchan en el exterior, y a sus muertos, por que su sacrificio y su «espíritu es precisamente el que debe llenarnos a todos». Y enumera los valores en los que se sustenta ese espíritu: «el esfuerzo y la honradez, el valor y el juego limpio, la tolerancia y la curiosidad, la lealtad y el patriotismo». Y para terminar vuelve a recordar que los antepasados ya lo hicieron: «En el año del nacimiento de Estados Unidos ... etc.»
El discurso concluye una apelación ante la historia: «Que los hijos de nuestros hijos puedan decir que, cuando se nos puso a prueba, [...] seguimos llevando hacia adelante el gran don de la libertad y lo entregamos a salvo a las generaciones futuras».

¿Conocen ustedes el sorteo de Navidad de la lotería nacional de España? Es un espectáculo fantástico, del que el día 22 de diciembre de cada año está pendiente todo el país. Los premios no son muy grandes, pero es el que más ilusión hace, y cada año los informativos de todas las cadenas abren con la noticia de los ganadores. La suerte se reparte, y mucho, hasta el punto de que los billetes de lotería (décimos) se dividen en participaciones y se comparten con familiares y amigos. El sorteo consiste en ir emparejando todos los números que se juegan, que se encuentran en unas bolas en un bombo grande, con todos los premios que se reparten, que se encuentran en unas bolas en un bombo más pequeño.
Todos los años salen premiados unos determinados números y les toca a unas personas concretas. ¿Saben ustedes qué probabilidad hay de que en un sorteo salgan premiados unos determinados números y les toque a unas personas concretas? Prácticamente nula. Y menos que la suerte se repitiera, y aunque sólo fuera el que en dos sorteos diferentes salgan los mismos números. Y sin embargo este año han salido estos números y les ha tocado a estas personas, y podrían salir los mismos números si hiciésemos un número suficiente de sorteos, y con la particularidad de que no podríamos precisar qué sorteo sería el de la repetición.
¿Y a qué viene todo esto? Pues a que desmota el argumento de la poca probabilidad de que la vida surgiera por azar. Sí, la probabilidad es poca, pero el número de «sorteos» en todo el universo es inmenso, y a nosotros «nos ha tocado la lotería»; y es posible que en otros puntos del universo también haya tocado (no lo sabemos).
Ustedes no deben pensar en ¿qué probabilidad hay de que el carbono, el hidrógeno, el oxígeno y otros átomos se combinen para dar vida? Lo que deben sopesar es ¿qué probabilidad hay de que cada átomo de carbono, hidrógeno, oxígeno, etc., se combinen para dar vida? Entonces caerán en la cuenta de que el número de «sorteos» es enormemente alto, y de que es relativamente fácil que al menos en un punto del universo haya «tocado la lotería», de que haya surgido la vida por azar. Y encima, el ejemplo de la lotería nos muestra que no es necesario un número de sorteos muy alto para que le toque a alguien. ¿Porqué no a mí? Por eso juego.
argatea.blogspot.com
Varios sondeos indican que el término "ateísmo" ha adquirido un estigma tan extraordinario en los Estados Unidos que ser un ateo es ahora un impedimiento perfecto a una carrera en la política (en un modo que ser negro, musulmán u homosexual no lo es). Según una encuesta reciente de Newsweek, sólo el 37% de Americanos votaría a favor de un ateo calificado para presidente.Los ateos a menudo son imaginados como intolerantes, inmorales, deprimidos, ciegos ante la belleza de naturaleza y dogmáticamente cerrados a pruebas de lo sobrenatural.
Incluso John Locke, uno de los grandes patriarcas de la Ilustración, creía que el ateísmo debía “no ser tolerado en absoluto” porque, dijo, “las promesas, convenios y juramentos, que son los lazos de sociedades humanas, no pueden tener ningún asimiento para un ateo.”
Eso fue hace más de 300 años. Pero en los Estados Unidos de hoy, poco parece haber cambiado. Un notable 87% de la población asegura “nunca dudar” de la existencia de Dios; menos del 10 % se identifican como ateos, y su reputación parece deteriorarse.
Dado que sabemos que los ateos están a menudo entre la gente más inteligente y científicamente alfabetizada en cualquier sociedad, parece importante desinflar los mitos que les impiden jugar un papel más grande en nuestro discurso nacional.
1) Los ateos creen que la vida no tiene significado.
Al contrario, es la gente religiosa la que a menudo piensa que la vida no tiene significado y se imaginan que sólo puede ser redimida por la promesa de felicidad eterna después de la muerte.
Los ateos tienden a estar bastante seguros de que la vida es preciosa. La vida es impregnada de significado al ser vivida real y totalmente.
Nuestras relaciones con aquellos a quienes amamos son significativas, ahora; no tienen que durar para siempre para que esto sea así.
Los ateos tienden a ver este miedo más bien… como algo absurdo.
2) El ateísmo es responsable de los mayores crímenes en la historia humana.
La gente de fe a menudo afirma que los crímenes de Hitler, Stalin, Mao y Pol Pot fueron el producto inevitable de la incredulidad. Sin embargo el problema con el fascismo y el comunismo, no es que sean demasiado críticos con la religión; el problema es que se parecen demasiado a las religiones. Tales regímenes son esencialmente dogmáticos y generalmente dan lugar a cultos de personalidad que son indistinguibles de los cultos de adoración a personajes religiosos. Auschwitz, el Gulag y los campos de matanza no fueron ejemplos de lo que pasa cuando los seres humanos rechazan el dogma religioso; ellos son ejemplos del dogma político, racial y nacionalista en extremo.
No hay ninguna sociedad en la historia humana que alguna vez haya sufrido porque su gente se volvió demasiado razonable.
2) El ateísmo es dogmático.
Judíos, cristianos y musulmanes afirman que sus escrituras son tan proféticas de las necesidades de la humanidad que sólo podrían haber sido escritas bajo la dirección de una deidad omnisciente. Un ateo es simplemente una persona que considera esta afirmación, lee los libros y concluye que esta afirmación es ridícula. Uno no tiene que aceptar nada por fe, o ser de otro modo dogmático, para rechazar injustificadas creencias religiosas. Como el historiador Stephen Henry Roberts (1901-71) una vez dijo: “Afirmo que somos ambos ateos. Simplemente creo en un dios menos que usted. Cuando usted entienda por qué desprecia a todos los otros dioses posibles, usted entenderá por qué yo desprecio al suyo.”
3) Los ateos piensan que todo en el universo surgió por casualidad.
Nadie sabe por qué el universo apareció. De hecho, no es completamente claro que coherentemente podamos hablar sobre "el principio" o "la creación" del universo en absoluto, ya que estas ideas invocan el concepto de tiempo, y aquí hablamos del origen de espacio-tiempo en sí mismo.
La noción de que los ateos creen que todo fue creado por casualidad es también con regularidad usada como crítica a la evolución darwiniana. Como Richard Dawkins explica en su maravilloso libro, “La Ilusión de Dios”, esto representa una completa malinterpretación de la teoría evolutiva. Aunque no sabemos con precisión cómo la temprana química de la Tierra desarrolló la biología, sabemos que la diversidad y la complejidad que vemos en el mundo vivo no son un producto del mero azar.
La evolución es una combinación de mutación azarosa y selección natural. Darwin llegó a la frase “selección natural” por analogía con la “selección artificial” realizada por los criadores de ganadería. En ambos casos, la selección ejerce un efecto sumamente no arbitrario sobre el desarrollo de cualquier especie.
4) El ateísmo no tiene ninguna conexión con la ciencia.
Aunque sea posible ser un científico y todavía creer en Dios —como algunos científicos parecen mostrar— no hay ninguna duda que un compromiso con el pensamiento científico tiende a erosionar, más bien que apoyar, la fe religiosa.
Tomando la población estadounidense como ejemplo: La mayoría de los sondeos muestran que aproximadamente el 90% de la población cree en un Dios personal; mientras que el 93% de los miembros de la Academia Nacional de Ciencias no es creyente. Esto sugiere que hay pocos modos de pensar menos compatibles con la fe religiosa en comparación con la ciencia.
5) Los ateos son arrogantes.
Cuando los científicos no saben algo —como por qué el universo apareció o cómo se formaron las primeras moléculas autoreproductoras— ellos lo admiten. Fingir conocer cosas que uno no conoce es algo muy perjudicial en la ciencia. Y aún esto es lo que da vida a una religión basada en fe. Una de las ironías monumentales del discurso religioso puede ser encontrada en la frecuencia con la que personas de fe se alaban a sí mismos por su humildad, mientras afirman conocer hechos sobre cosmología, química y biología que ningún científico conoce. Cuando aparecen preguntas sobre la naturaleza del cosmos y nuestro lugar dentro de él, los ateos tienden a formar sus opiniones a partir de la ciencia. Esto no es arrogancia; es honestidad intelectual.
6) Los ateos están cerrados a la experiencia espiritual.
No hay nada que impida a un ateo experimentar el amor, el éxtasis, la pasión y la admiración; los ateos pueden valorar estas experiencias y buscarlas con regularidad. Lo que los ateos no tienden a hacer es realizar injustificadas (e injustificables) afirmaciones acerca de la naturaleza de la realidad sobre la base de tales experiencias.
No hay ninguna duda de que algunos cristianos han transformado sus vidas para bien por leer la Biblia y rezar a Jesús. ¿Qué demuestra esto? Demuestra que ciertas disciplinas de atención y códigos de conducta pueden tener un efecto profundo sobre la mente humana. ¿Las experiencias positivas de los cristianos sugieren que Jesús sea el salvador exclusivo de humanidad? No, ni siquiera remotamente, porque los hindúes, budistas, musulmanes e incluso ateos con regularidad tienen experiencias similares.
No hay, de hecho, cristiano sobre la Tierra que puede estar seguro que Jesús llevó una barba, y mucho menos que él fue nacido de una virgen o resucitó de entre los muertos. Estas simplemente no son el tipo de afirmaciones que la experiencia espiritual puede autenticar.
7) Los ateos creen que no hay nada más allá de la vida humana y el entendimiento humano.
Los ateos pueden admitir los límites del entendimiento humano en un modo que la gente religiosa no puede.
Es obvio que no entendemos el universo totalmente; pero es aún más obvio que ni la Biblia ni el Corán reflejan un mejor entendimiento de él.
No sabemos si hay complejas formas de vida en otras partes del cosmos, pero podría haber. Si la hay, tales seres podrían haber desarrollado un entendimiento de las leyes de la naturaleza que infinitamente excede al nuestro. Los ateos libremente pueden aceptar tales posibilidades. Ellos también pueden admitir que de existir brillantes extraterrestres, el contenido de la Biblia y el Corán será aún menos impresionante para ellos.
Desde el punto de vista ateo, las religiones líderes mundiales trivializan completamente la verdadera belleza y la inmensidad del universo. Uno no tiene que aceptar nada con pruebas insuficientes, para hacer tal observación.
8) Los ateos ignoran el hecho que la religión es sumamente beneficiosa para la sociedad.
Aquellos que enfatizan los efectos buenos de la religión no parecen comprender nunca que tales efectos fallan en demostrar la verdad de cualquier doctrina religiosa. Es por eso que tenemos términos como "optimismo" y "autoengaño". Hay una distinción profunda entre una ilusión de consolación y la verdad.
En cualquier caso, los efectos buenos de la religión pueden ser cuestionados con seguridad. En la mayoría de los casos, parece que la religión da a la gente malas razones para comportarse bien, cuando en realidad hay buenas razones disponibles.
Pregúntese qué es más moral, ¿ayudar al pobre por el interés en su sufrimiento, o hacerlo porque piensa que el creador del universo quiere que usted lo haga, le recompensará por hacerlo o le castigará por no hacerlo?
9) El ateísmo no proporciona ninguna base para la moralidad.
Si una persona no ha entendido que la crueldad es perjudicial, no lo entenderá por leer la Biblia o el Corán — ya que en estos libros abundan las celebraciones de crueldad, tanto humana como divina.
No obtenemos nuestra moralidad de la religión. Decidimos qué está bien en nuestros libros recurriendo a intuiciones morales que están (en algún nivel) integradas en nosotros y que han sido afinadas por miles de años de pensar en las causas y posibilidades de la felicidad humana.
Hemos logrado un progreso moral considerable durante años, y no hicimos este progreso por leer la Biblia o el Corán con más detenimiento. Ambos libros justifican la práctica de la esclavitud, y cada ser humano civilizado ahora reconoce que la esclavitud es una abominación. Lo que haya de bueno en la escritura —como la regla de oro— puede ser valorado por su sabiduría ética sin nuestra creencia en que fue transmitido a nosotros por el creador del universo.
Traduccion de Stergios Korfiatis
Discurso de Barack Obama
¡Hola, Chicago!
Si todavía queda alguien por ahí que aún duda de que Estados Unidos es un lugar donde todo es posible, quien todavía se pregunta si el sueño de nuestros fundadores sigue vivo en nuestros tiempos, quien todavía cuestiona la fuerza de nuestra democracia, esta noche es su respuesta.
Es la respuesta dada por las colas que se extendieron alrededor de escuelas e iglesias en un número cómo esta nación jamás ha visto, por las personas que esperaron tres horas y cuatro horas, muchas de ellas por primera vez en sus vidas, porque creían que esta vez tenía que ser distinta, y que sus voces podrían suponer esa diferencia.
Es la respuesta pronunciada por los jóvenes y los ancianos, ricos y pobres, demócratas y republicanos, negros, blancos, hispanos, indígenas, homosexuales, heterosexuales, discapacitados o no discapacitados. Estadounidenses que transmitieron al mundo el mensaje de que nunca hemos sido simplemente una colección de individuos ni una colección de estados rojos y estados azules.
Somos, y siempre seremos, los Estados Unidos de América.
Es la respuesta que condujo a aquellos que durante tanto tiempo han sido aconsejados a ser escépticos y temerosos y dudosos sobre lo que podemos lograr, a poner manos al arco de la Historia y torcerlo una vez más hacia la esperanza en un día mejor.
Ha tardado tiempo en llegar, pero esta noche, debido a lo que hicimos en esta fecha, en estas elecciones, en este momento decisivo, el cambio ha venido a Estados Unidos.
Esta noche, recibí una llamada extraordinariamente cortés del senador McCain.
El senador McCain luchó larga y duramente en esta campaña. Y ha luchado aún más larga y duramente por el país que ama. Ha aguantado sacrificios por Estados Unidos que no podemos ni imaginar. Todos nos hemos beneficiado del servicio prestado por este líder valiente y abnegado.
Le felicito; felicito a la gobernadora Palin por todo lo que han logrado. Y estoy deseando colaborar con ellos para renovar la promesa de esa nación durante los próximos meses.
Quiero agradecer a mi socio en este viaje, un hombre que hizo campaña desde el corazón, e hizo de portavoz de los hombres y las mujeres con quienes se crío en las calles de Scranton y con quienes viajaba en tren de vuelta a su casa en Delaware, el vicepresidente electo de los Estados Unidos, Joe Biden.
Y no estaría aquí esta noche sin el respaldo infatigable de mi mejor amiga durante los últimos 16 años, la piedra de nuestra familia, el amor de mi vida, la próxima primera dama de la nación, Michelle Obama.
Sasha y Malia, os quiero a las dos más de lo que podéis imaginar. Y os habéis ganado el nuevo cachorro que nos acompañará hasta la nueva Casa Blanca.
Y aunque ya no está con nosotros, sé que mi abuela nos está viendo, junto con la familia que hizo de mí lo que soy. Los echo en falta esta noche. Sé que mi deuda para con ellos es incalculable.
A mi hermana Maya, mi hermana Alma, al resto de mis hermanos y hermanas, muchísimas gracias por todo el respaldo que me habéis aportado. Estoy agradecido a todos vosotros. Y a mi director de campaña, David Plouffe, el héroe no reconocido de esta campaña, quien construyó la mejor, la mejor campaña política, creo, en la Historia de los Estados Unidos de América.
A mi estratega en jefe, David Axelrod, quien ha sido un socio mío a cada paso del camino.
Al mejor equipo de campaña que se ha compuesto en la historia de la política. Vosotros hicisteis realidad esto, y estoy agradecido para siempre por lo que habéis sacrificado para lograrlo.
Pero sobre todo, no olvidaré a quién pertenece de verdad esta victoria. Os pertenece a vosotros. Os pertenece a vosotros.
Nunca parecí el aspirante a este cargo con más posibilidades. No comenzamos con mucho dinero ni con muchos avales. Nuestra campaña no fue ideada en los pasillos de Washington. Se inició en los jardines traseros de Des Moines y en los cuartos de estar de Concord y en los porches de Charleston. Fue construida por los trabajadores y las trabajadoras que recurrieron a los pocos ahorros que tenían para donar a la causa cinco dólares y diez dólares y veinte dólares.
Adquirió fuerza de los jóvenes que rechazaron el mito de la apatía de su generación, que dejaron atrás sus casas y sus familiares para hacer trabajos que les procuraron poco dinero y menos sueño.
Adquirió fuerza de las personas no tan jóvenes que hicieron frente al gélido frío y el ardiente calor para llamar a las puertas de desconocidos y de los millones de estadounidenses que se ofrecieron voluntarios y organizaron y demostraron que, más de dos siglos después, un gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo no se ha desvanecido de la Tierra.
Esta es vuestra victoria.
Y sé que no lo hicisteis sólo para ganar unas elecciones. Y sé que no lo hicisteis por mí.
Lo hicisteis porque entendéis la magnitud de la tarea que queda por delante. Mientras celebramos esta noche, sabemos que los retos que nos traerá el día de mañana son los mayores de nuestras vidas ‒dos guerras, un planeta en peligro, la peor crisis financiera desde hace un siglo‒.
Mientras estamos aquí esta noche, sabemos que hay estadounidenses valientes que se despiertan en los desiertos de Irak y las montañas de Afganistán para jugarse la vida por nosotros.
Hay madres y padres que se quedarán desvelados en la cama después de que los niños se hayan dormido y se preguntarán cómo pagarán la hipoteca o las facturas médicas o ahorrar lo suficiente para la educación universitaria de sus hijos.
Hay nueva energía por aprovechar, nuevos puestos de trabajo por crear, nuevas escuelas por construir, y amenazas por contestar, alianzas por reparar.
El camino por delante será largo. La subida será empinada. Puede que no lleguemos en un año ni en un mandato. Sin embargo, Estados Unidos, nunca he estado tan esperanzado como estoy esta noche de que llegaremos.
Os prometo que, nosotros, como pueblo, llegaremos.
Habrá percances y comienzos en falso. Hay muchos que no estarán de acuerdo con cada decisión o política mía cuando sea presidente. Y sabemos que el gobierno no puede solucionar todos los problemas.
Pero siempre seré sincero con vosotros sobre los retos que nos afrontan. Os escucharé, sobre todo cuando discrepamos. Y sobre todo, os pediré que participéis en la labor de reconstruir esta nación, de la única forma en que se ha hecho en Estados Unidos durante 221 años bloque por bloque, ladrillo por ladrillo, mano encallecida sobre mano encallecida.
Lo que comenzó hace 21 meses en pleno invierno no puede terminar en esta noche otoñal.
Esta victoria en sí misma no es el cambio que buscamos. Es sólo la oportunidad para que hagamos ese cambio. Y eso no puede suceder si volvemos a como era antes. No puede suceder sin vosotros, sin un nuevo espíritu de sacrificio.
Así que hagamos un llamamiento a un nuevo espíritu del patriotismo, de responsabilidad, en que cada uno echa una mano y trabaja más y se preocupa no sólo de nosotros mismos sino el uno del otro.
Recordemos que, si esta crisis financiera nos ha enseñado algo, es que no puede haber un Wall Street (sector financiero) próspero mientras que Main Street (los comercios de a pie) sufren.
En este país, avanzamos o fracasamos como una sola nación, como un solo pueblo. Resistamos la tentación de recaer en el partidismo y mezquindad e inmadurez que han intoxicado nuestra vida política desde hace tanto tiempo.
Recordemos que fue un hombre de este estado quien llevó por primera vez a la Casa Blanca la bandera del Partido Republicano, un partido fundado sobre los valores de la autosuficiencia y la libertad del individuo y la unidad nacional.
Esos son valores que todos compartimos. Y mientras que el Partido Demócrata ha logrado una gran victoria esta noche, lo hacemos con cierta humildad y la decisión de curar las divisiones que han impedido nuestro progreso.
Como dijo Lincoln a una nación mucho más dividida que la nuestra, no somos enemigos sino amigos. Aunque las pasiones los hayan puesto bajo tensión, no deben romper nuestros lazos de afecto.
Y a aquellos estadounidense cuyo respaldo me queda por ganar, puede que no haya obtenido vuestro voto esta noche, pero escucho vuestras voces. Necesito vuestra ayuda. Y seré vuestro presidente, también.
Y a todos aquellos que nos ven esta noche desde más allá de nuestras costas, desde parlamentos y palacios, a aquellos que se juntan alrededor de las radios en los rincones olvidados del mundo, nuestras historias son diversas, pero nuestro destino es compartido, y llega un nuevo amanecer de liderazgo estadounidense.
A aquellos, a aquellos que derrumbarían al mundo: os vamos a vencer. A aquellos que buscan la paz y la seguridad: os apoyamos. Y a aquellos que se preguntan si el faro de Estados Unidos todavía ilumina tan fuertemente: esta noche hemos demostrado una vez más que la fuerza auténtica de nuestra nación procede no del poderío de nuestras armas ni de la magnitud de nuestra riqueza sino del poder duradero de nuestros ideales; la democracia, la libertad, la oportunidad y la esperanza firme.
Allí está la verdadera genialidad de Estados Unidos: que Estados Unidos puede cambiar. Nuestra unión se puede perfeccionar. Lo que ya hemos logrado nos da esperanza con respecto a lo que podemos y tenemos que lograr mañana.
Estas elecciones contaron con muchas primicias y muchas historias que se contarán durante siglos. Pero una que tengo en mente esta noche trata de una mujer que emitió su papeleta en Atlanta. Ella se parece mucho a otros que guardaron cola para hacer oír su voz en estas elecciones, salvo por una cosa: Ann Nixon Cooper tiene 106 años.
Nació sólo una generación después de la esclavitud; en una era en que no había automóviles por las carreteras ni aviones por los cielos; cuando alguien como ella no podía votar por dos razones ‒porque era mujer y por el color de su piel. Y esta noche, pienso en todo lo que ella ha visto durante su siglo en Estados Unidos‒ la desolación y la esperanza, la lucha y el progreso; las veces que nos dijeron que no podíamos y la gente que se esforzó por continuar adelante con ese credo estadounidense: Sí podemos. En tiempos en que las voces de las mujeres fueron acalladas y sus esperanzas descartadas, ella sobrevivió para verlas levantarse, expresarse y alargar la mano hacia la papeleta. Sí podemos. Cuando había desesperación y una depresión a lo largo del país, ella vio cómo una nación conquistó el propio miedo con un Nuevo Arreglo, nuevos empleos y un nuevo sentido de propósitos comunes. Sí podemos.
Cuando las bombas cayeron sobre nuestro puerto y la tiranía amenazó al mundo, ella estaba allí para ser testigo de cómo una generación respondió con grandeza y la democracia fue salvada. Sí podemos.
Ella estaba allí para los autobuses de Montgomery, las mangas de riego en Birmingham, un puente en Selma y un predicador de Atlanta que dijo a un pueblo: «Lo superaremos». Sí podemos.
Un hombre llegó a la luna, un muro cayó en Berlín y un mundo se interconectó a través de nuestra ciencia e imaginación.
Y este año, en estas elecciones, ella tocó una pantalla con el dedo y votó, porque después de 106 años en Estados Unidos, durante los tiempos mejores y las horas más negras, ella sabe cómo Estados Unidos puede cambiar.
Sí podemos.
Estados Unidos, hemos avanzado mucho. Hemos visto mucho. Pero queda mucho más por hacer. Así que, esta noche, preguntémonos ‒si nuestros hijos viven hasta ver el próximo siglo, si mis hijas tienen tanta suerte como para vivir tanto tiempo como Ann Nixon Cooper, ¿qué cambio verán? ¿Qué progreso habremos hecho?‒.
Esta es nuestra oportunidad de responder a ese llamamiento. Este es nuestro momento.
Estos son nuestros tiempos, para dar empleo a nuestro pueblo y abrir las puertas de la oportunidad para nuestros pequeños; para restaurar la prosperidad y fomentar la causa de la paz; para recuperar el sueño americano y reafirmar esa verdad fundamental, que, de muchos, somos uno; que mientras respiremos tenemos esperanza. Y donde nos encontramos con escepticismo y dudas y aquellos que nos dicen que no podemos, contestaremos con ese credo eterno que resume el espíritu de un pueblo: Sí podemos.
Gracias. Que Dios os bendiga. Y que Dios bendiga a los Estados Unidos de América.
Análisis
El discurso es perfecto, y difícilmente se puede encontrar en él algo con lo que no estar de acuerdo. Pivota únicamente sobre dos ideas, que jamás se mezclan, y se exponen con una claridad, una brevedad y una eficacia asombrosa. Por supuesto el discurso no es un programa político, es sólo una apelación clara y directa fundamentada en los valores básicos de los estadounidenses. Casi todo son generalidades.
Comienza, en el primer párrafo, reafirmando el «sueño americano»: «Si todavía queda alguien por ahí que aún duda de que Estados Unidos es un lugar donde todo es posible», para pasar a reafirmar la unidad de la nación: «Somos, y siempre seremos, los Estados Unidos de América.» Esta es la tesis central de todo su discurso, que va a concluir, al final, con el famoso «sí podemos».
El resto del discurso es un refuerzo, con numerosos argumentos de estas ideas.
En primer lugar felicita, alaba de hecho, a su rival, McCain, y sin olvidarse de Palin. Luego agradece la labor de quienes le han ayudado a llegar: su vicepresidente, su familia, su equipo de campaña, y el consabido pero eficacísimo «esta victoria os pertenece a vosotros». Todo ello refuerza el argumento de «Somos una nación».
A continuación hay una sección del discurso que comienza con «Nunca parecí el aspirante a este cargo con más posibilidades» y termina con «Esta es vuestra victoria» que refuerza la idea de que el «sueño americano» es posible por que ya lo han logrado al llevarle a él a la presidencia. Digamos que es el «sueño americano» cumplido. Hasta aquí el pasado.
Inmediatamente sigue la definición de un nuevo proyecto, un nuevo «sueño americano», que comienza por enumerar los problemas que tiene el país: «dos guerras, un planeta en peligro, la peor crisis financiera desde hace un siglo», y sigue por las dificultades: «Puede que no lleguemos en un año ni en un mandato», pero no deja que se caiga en el desánimo: «Os prometo que, nosotros, como pueblo, llegaremos», o «Esta victoria en sí misma no es el cambio que buscamos. Es sólo la oportunidad para que hagamos ese cambio».
Para este nuevo «sueño americano» vuelve a apelar a la nación unida: «Así que hagamos un llamamiento a un nuevo espíritu del patriotismo», y «En este país, avanzamos o fracasamos como una sola nación». ¿Y por qué? Pues enumera «los valores que todos compartimos»: «la autosuficiencia y la libertad del individuo y la unidad nacional». La sección termina con un llamamiento a quienes no le han votado y les dice: «Y seré vuestro presidente, también».
Este «sueño americano» no es sólo para los estadounidenses, también implica a todo el mundo, y promete el liderazgo del Estados Unidos en el mundo. La sección comienza con: «Y a todos aquellos que nos ven esta noche desde más allá de nuestras costas», se refuerza con «llega un nuevo amanecer de liderazgo estadounidense», quita toda esperanza a los terroristas: «a aquellos que derrumbarían al mundo: os vamos a vencer», ¿y cómo?: «la fuerza auténtica de nuestra nación procede [...] de nuestros ideales; la democracia, la libertad, la oportunidad y la esperanza firme». Y también: «aquellos que buscan la paz y la seguridad: os apoyamos». Esta es la única parte del discurso medianamente programática, ya que afirma que la manera de luchar contra los «enemigos» no es renunciando a los derechos si no reforzándolos y es para aquellos a los que no se ha dirigido en toda la campaña: el resto del mundo. La sección termina con «Lo que ya hemos logrado nos da esperanza con respecto a lo que podemos y tenemos que lograr mañana».
El discurso vuelve a centrarse en el «sueño americano» para los estadounidenses, y les hace conscientes del lo histórico del momento: «Estas elecciones contaron con muchas primicias y muchas historias que se contarán durante siglos». Es ahora cuando cuenta la historia de Ann Nixon Cooper, la anciana de 106 años. Aquí comienza su coda final. Mientras cuenta la historia dice hasta tres veces «Sí podemos», y lo repite otras cuatro veces en los párrafos siguientes.
La última frase es genial, por que resumen en una sola frase las dos ideas centrales del discurso: el «sueño americano» y la unidad nacional: «Y donde nos encontramos con escepticismo y dudas y aquellos que nos dicen que no podemos, contestaremos con ese credo eterno que resume el espíritu de un pueblo: Sí podemos».
¿Quien puede estar en desacuerdo con que podemos conseguirlo todo, sobre todo si estamos unidos? Así, en abstracto, sin concretar nada.
Si os habéis fijado el discurso está lleno de tópicos, y no se nota ninguno. ¿Quién ha oído alguna vez un discurso que no diga: «este premio se lo debo a mi familia y a mis amigos que me han ayudado a llegar hasta aquí. Este premio es vuestro»? Aquí lo dice y no se nota. ¿Qué hay más tópico que lo de: «esto no es el final es el principio de algo nuevo»? Aquí lo dice y no se nota. ¿Qué hay más tópico que lo de: juntos podemos lograrlo todo, el futuro es nuestro»? Aquí lo dice y no se nota.
Desgraciadamente todo esto está enmarcado por sendas apelaciones a Dios. El acto comienza con la intervención de un pastor protestante, y el discurso termina con: «Gracias. Que Dios os bendiga. Y que Dios bendiga a los Estados Unidos de América». Es una pena que no se puedan librar de estas intromisiones de la religión en la vida pública. ¿Os imagináis que en España, tras ganar una elecciones un obispo abriera el discurso de victoria? Yo creo que es protocolario, pero es que el protocolo responde a la necesidad de mantener las buenas maneras ante unos interlocutores que esperan que te comportes así. Obama no renuncia a esa intromisión de la religión en la política, quizá sea pedirle demasiado, al menos por el momento.
Es curioso como hoy en día, con tanto blog y foro como hay, con tanta opinión como se vierte en la red aún haya mucha gente que no sabe exponer sus argumentos.
Muchos de los post, frecuentemente los más largos, comienzan diciendo vaguedades y se adentran en pruebas y razonamientos, todos enredados unos con otros que vuelven la lectura muy compleja y de los que no se saca nada en claro.
Exponer los argumentos es relativamente sencillo. En la primera frase hay que exponer la tesis que se va a defender, luego vienen los argumentos, las pruebas y las razones, una detrás de otra, sin mezclarlas, y a ser posible visiblemente separadas, y por último la conclusión que recoge la tesis inicial enriquecida con los argumentos. No hay más.
A todo esto sólo hay que añadirle una cosa: la brevedad es un valor, aunque tampoco hay que ser tan breve que acabemos contando un chiste.
En suma, al lector le debe de quedar bien claro, desde la primera frase, qué defendemos, luego cómo lo defendemos y por último cuál es nuestra conclusión final. No es tan difícil.
P.D.: ¿Cumple este post lo que predica?
Para ampliar el tema recomiendo vivamente el libro de Weston, Anthony: "Las claves de la argumentación", Editorial Ariel. En menos de 150 páginas expone todos los recursos básicos para la correcta aplicación de la lógina informal, y la exposición de argumentos.
Cada día estamos más convencidos de que el origen de la vida se encuentra en los efectos gravitatorios del Universo P1 (paralelo 1). El Universo P1 se encuentra «sobre» el nuestro en una quinta dimensión (desarrollada), y los efectos gravitatorios de la materia que se encuentra en él tienen consecuencias sobre el nuestro. Es lo que conocemos como vida.
Aunque no podemos acceder a ese universo, por estar en una dimensión superior, podemos saber cosas de él gracias a los efectos que su materia tiene.
La existencia del Universo P1 explica los fenómenos paranormales. Los fenómenos paranormales sólo tienen lugar en seres vivos. En realidad todo ser vivo advierte de fenómenos paranormales, aunque sólo el ser humano tiene capacidad de comunicarlos. Los fenómenos paranormales no son otra cosas que agregaciones y desagregaciones repentinas de elementos físico/químicos del Universo P1.
Como se puede ver, la teoría del Universo P1 no sólo es coherente con los hechos observados, si no que da explicación a los hechos paranormales, que hasta ahora estaban fuera de la ciencia.
Así pues, en la actualidad tenemos tres modelos sobre el origen de la vida: la evolución, la creación/diseño inteligente y la teoría del Universo P1. Nunca más se podrá decir: tenemos dos modelos la evolución y la creación/diseño inteligente, y si la evolución no es válida la creación/diseño inteligente sí ha de serlo. Desde ahora, si la evolución no es válida podrán ser verdaderas o la creación/diseño inteligente o la teoría del Universo P1, y habrá que dar pruebas positivas que apoyen cada una de ellas.
En los últimos tiempos se ha escrito mucho tratando de refutar el argumento del relojero propuesto por William Paley para demostrar la existencia de Dios, desde «El relojero ciego» de Richard Dawkins hasta el clásico «El origen de las Especies» del propio Charles Darwin, pero tales argumentos, por sesudos, no nos adecuados para una discusión viva, ya sea de palabra o en un foro. Aquí escribiré una refutación simple, pero fundamentada, que sí se pueda usar, y que en el fondo está en la base de estos grandes libros. La idea es antigua, anterior al propio Darwin, pero ha sido resucitada por los defensores del «diseño inteligente» como argumento fuerte; travestido en complejidad irreductible.
El argumento del relojero viene a decir lo siguiente: Supongamos que no sabemos qué es un reloj, y que encontramos uno tirado en el suelo, en la naturaleza. ¿Acaso no nos preguntaríamos, quién diseñó ese objeto, quién lo construyó, con qué propósito se hizo? El reloj es una máquina tan compleja que no es posible que exista por azar. Al igual que el reloj, los organismos vivos son tan complejos y funcionan tan como máquinas que no es posible admitir que existan si no fueron creados por un diseñador. Así, Paley encuentra en la naturaleza características que sólo son posibles si han sido creadas por Dios.
El problema del argumento del relojero es dejarnos fascinar por el ejemplo. Yo, desde luego, si me encontrase un reloj en la naturaleza sí que me haría esas preguntas, y si me encontrase un ordenador, o un libro. Todos ellos son objetos complejos y fascinantes, y podemos suponer que no hay en la naturaleza objetos tan complejos como ellos; aunque podríamos discutir sobre la complejidad de la estructura de la Tierra, o el sistema solar, o las estrellas o las galaxias, etc.
Ahora supongamos que en lugar de un reloj lo que encontramos es un martillo. Este objeto es bastante simple y se me ocurren un montón de cosas estrictamente naturales y no biológicas más complejas que él. ¿Acaso no nos haríamos las mismas preguntas? Yo desde luego sí. Es más, los arqueólogos se dedican a eso. Los arqueólogos que estudian el Paleolítico se hacen esas preguntas cuando encuentran lascas de piedra que resultan ser puntas de flecha, hachas o cuchillos; y en las más antiguas es muy difícil diferenciar las lascas naturales de las que fueron hechas por los seres humanos.
Así pues, la pregunta de quién diseñó esto no se desata por encontrar un objeto complejo, si no por encontrar un objeto que no pertenece a la naturaleza. Si considerásemos que pertenece a la naturaleza no nos haríamos esa pregunta. Al final la tesis de Darwin es esa: que los seres vivos son tan parte de la naturaleza como las piedras, y que están aquí por procesos azarosos, aunque sean más complejos.
Como se puede ver se trata de una falacia de definición, o de palabras equívocas:
Un reloj (las cosas complejas) a
Tienen un diseñador b
La vida es una cosa compleja como un reloj c = a
Si a entonces b
y c es igual a a
luego c entonces b
El problema es que c no es igual a a, la vida, por compleja que sea no es como un reloj; y dar el paso a que el diseñador es Dios es una falacia de falso dilema, ya que se nos hace asumir que la única opción para un diseñador de la vida es Dios.
Dejémonos de ejemplos y tratemos de abstraer un poco más. ¿Si me encuentro algo, acaso no me preguntaré de dónde viene? Está aquí por alguna causa, y toda causa tiene su efecto, y si está aquí es porque proviene de algo, no puede provenir de la nada, ¿nos podemos remontar indefinidamente en las causas y los «provenires»? ¡Un momento! ¿De qué me suena todo esto? ¡Ah, sí! Son la segunda y tercera vías de santo Tomás para conocer la Dios. Él lo explica mejor, pero las refutaciones de las vías de santo Tomás son conocidas. Al final da un salto mortal: «como no puedo remontarme más, el origen es Dios», que como todos sabemos es Diego Armando Maradona.
A poco que analicemos los argumentos de los defensores del diseño inteligente nos daremos cuenta de que siempre tienen la misma estructura lógica:
La evolución a
requiere de pruebas b (las pruebas a las que se refieren varían)
puedo demostrar que esas pruebas son falsas No-b
luego existe un diseñador inteligente c
Si a entonces b
como No-b
luego c
Para llegar a esta conclusión se nos pide que asumamos una falacia de falso dilema: las dos únicas alternativas son a ó c (la evolución o el diseño inteligente).
La forma correcta de argumentar sería
Si a entonces b
como No-b
luego No-a
Algunos argumentos están un poco mejor elaborados, pero no dejan de apelar a la falacia del falso dilema:
Si a entonces b
como No-b
luego No-a
Si No-a entonces c
Es posible ver que los defensores del diseño inteligente sólo nos piden que asumamos la falacia del falso dilema una vez que han establecido No-b. En este sentido los defensores del creacionismo son más sinceros, ya que plantean desde un principio que sólo hay dos alternativas: a ó f (o la evolución o un creador f). Sigue siendo una falacia de falso dilema pero por lo menos no te encuentras la sorpresa al final.
Los defensores del diseño inteligente dejan el razonamiento en la afirmación de c, pero es evidente que se hace necesario el siguiente razonamiento:
El diseñador inteligente c
sólo piensa el diseño d
para que aparezca en el mundo real e
se necesita un creador f
Si c entonces d
Si d entonces e
Si e entonces f
Luego c entonces f
Con lo que se llega a la conclusión de que el diseñador es el creador. Esto sigue siendo una falacia, porque el diseñador no tiene por qué ser el creador; pero los defensores del diseño inteligente evitan esta controversia.
Y un detalle final, toda su argumentación se sostiene sobre No-b, es decir en la negación de las pruebas de la evolución. La evolución es la única parte que pone sobre la mesa pruebas materiales positivas, los defensores del diseño inteligente no ponen ni una. Todas sus pruebas son «negativas», es decir, tratan de demostrar que las pruebas de la evolución no son tales. Uno se puede poner boca arriba, boca abajo, de espaldas o de frente, pero no encontrará ni una sola prueba material positiva que sostenga la existencia de un diseñador inteligente.
Todo esto, por supuesto, asumiendo que las pruebas negativas de los defensores del diseño inteligente son verdad, que esa es otra discusión. En realidad ninguna de ellas es verdad, por lo que no pueden demostrar No-b. Si la estructura lógica de su razonamiento ya se había caído por causas internas el no poder demostrar No-b lo convierte todo en un sinsentido.

Me he dedicado en los últimos tiempos a discutir con creacionistas en sus foros. Protestantes todos ellos, claro, los católicos no tienen ese problema, les basta con creer que Dios es «el principio creador», el que «encendió la mecha del Big Ban», y el que dio el alma al hombre, y para el resto admiten la evidencia científica. Esto, para los católicos no es un gran esfuerzo de creencia, tengan en cuenta que para ellos es muy común el concepto de parábola: «Jesús enseñaba su doctrina a través de parábolas». En la parábola la anécdota no tiene porqué ser literalmente verdad, ya que lo importante es el mensaje de la historia. Pero los protestantes llevan su fundamentalismo religioso mucho más allá y creen en la literalidad de la Biblia.
En mis discusiones me he dado cuenta de que los cristianos protestantes más integristas (los más peligrosos) no sólo son creacionistas, si no que ¡son fijistas! No sólo niegan la evolución, ¡niegan que exista la posibilidad de mutaciones en las especies! Cuando hay gente que se gana la vida gracias a esas mutaciones que crean nuevas variedades y razas.
Pero todo se explica si se tienen en cuenta algunas frases de Martín Lutero:
Como está muy claro que los luteranos tienen muy asumidas estas frases lo cierto es que no merece la pena el esfuerzo de discutir con ellos, ya que antepondrán, siempre, su fe a la evidencia.
No importa que se les demuestre con hechos que la evolución existe, siempre lo negarán, y te dirán que los cambios y las mutaciones son imposibles, aun cuando cualquier agricultor y ganadero puede constatar lo contrario, y nadie (aun en tiempos de Darwin) lo discute. Así explicaba en 1590 José de Acosta la presencia de especies en América.
El problema nunca fue ese (el primer capítulo de «El origen de las especies» trata de eso), la cuestión era si existía un mecanismo natural que hiciera lo mismo que el hombre conseguía con sus especies domésticas de plantas y animales; si existía un mecanismo de selección natural lo mismo que existe un mecanismo de selección artificial. Y es evidente que sí existe, y es tan eficaz que hace evolucionar las especies.
Tampoco importa que las especies evolucionen ante sus propios ojos, como lo hacen los virus y las bacterias. La mayoría de estas nuevas especies no las conocemos, pero sí que sabemos de las que afectan a la salud humana. Ante sus narices han evolucionado los virus de la gripe o el SIDA.
Pero siempre y ante todo negarán la evidencia material, porque para ellos hay algo más importante que la Verdad: LA MENTIRA.
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